No sé cuento tiempo he estado tumbado. No mucho, a juzgar por como me duele la herida de la pantorilla. Estiro hacia atrás los brazos para relajar los hombros. Ese condenado orco pesaba lo suyo.
Al final saco fuerzas de flaqueza y me incorporo, cansado y sucio. Echo un vistazo a mi alrededor. La escena no tiene buena pinta; un orco muerto y desangrado en el suelo, otro medio quemado sobre los restos de una de las tiendas, totalmente destrozada y manchada de sangre del inquilino que se encuentra debajo de las lonas. Y la maldita piqueta de la tienda que me ha desgarrado la pantorilla. ha hecho más por dañarme que este grupo de orcos y su legado. Hay que joderse.
Con los mástiles de la tienda y su cordamen preparo unas parihuelas. Cargo a los orcos y me los llevo hacia una cárcava cercana que ví cuando me dirigía hacia aquí. Los dejé allí y volví a por el legado. Saqué su cuerpo de debajo de las lonas de la tienda y lo llevé donde los otros dos cuerpos. Desnudé a los tres y llevé las ropas a la hoguera de su campamento.
Cuando regresé al campamento, avivé un poco las llamas de la hoguera y arrojé las ropas a las llamas. Recogí las tiendas y demás pertrechos y fuía a ocultarlos tras unas rocas, cerca de la cárcava.
Una vez que me deshice de los cuerpos -esperaba que estando desnudos en una zona de paso de animales, pues ví huellas de lobo por la sur de la cárcava, estos de deshicieran de los cuerpos por mí- quemé sus ropas y escondí el resto de su equipo, me dediqué a registrar las pertenencias del legado.
No tenía gran cosa. Aparte de sus armas y un peto de cuero reforzado, llevaba una bolsa con varios pergaminos. Algunos tenían lacre que la orden de los legados. No sé cual orden era. Sé que tienen varias porque los elfos me lo han enseñado, pero en realidad no sabría distinguir unas de otras. Aunque sí me acuerdo haber visto a legados con indumentarias y blasones distintos.
Abrí los pergaminos lacrados con cuidado, pues muchos envenenan los lacres para evitar miradas indiscretas. Aunque sé leer y escribir bien, no reconocí las letras. Supuse que estaría codificado de alguna manera. Lo arrojé al fuego junto con las ropas. Del resto de pergaminos no saque mucho, excepto que este legado, de nombre Cizas, se dirigía con premura para encontrarse con otro legado. El otro legado, acuciado por unos problemas que no describía, solicitaba con urgencia la ayuda de su orden desde Theros Obsidia, la gran fortaleza y capital de Izrador y sus legados.
Esto llamó mi atención. Cualquier cosa que suponga un problema para los legados de Izrador me interesa.
Y aún más llamó mi atención cuando leí el nombre de la población a la que el legado Cizas se dirigía.
Zorzalejo.
Me acuerdo de ese pueblo. Mi padre y yo vivimos algún tiempo allí. Bien, pues allí me dirigiría. Realmente no tenía pensado un destino, pero la fortuna me había proporcionado uno.